TEATRO Y PANDEMIA


Por Claudio Rivera
Director Teatro Guloya

Estoy viviendo en el miedo. Nunca pensé que no iba a querer entrar en mi teatro, la sede del teatro Guloya, grupo profesional e independiente con el que hemos creado para la escena teatro durante veintinueve años de manera ininterrumpida. La pandemia me ha desterrado del teatro. El miedo a enfermar y morir me ha desterrado del teatro. La pandemia ha dado un mordaz paso hacia adelante, me acorrala y me ha hecho pensar en la muerte de manera cotidiana. Temo hacer mis labores del día a día y que me sorprenda un contagio fatal. Por otro lado, me corroe quedarme en casa, mientras los más desesperados declaran que para que les mate el hambre, que les mate el virus.


Tratando de sobrevivir a la pandemia, se me olvida que antes de este odioso y temido confinamiento, el teatro siempre ha estado en agonía. Pero aclaro, no a punto de desaparecer, sino en un estado agónico permanente, fruto de una precariedad constante, de una incertidumbre atroz, hija por un lado, de una crisis estructural que nos marca desde el momento en que tomamos la decisión de convertirnos en gente de teatro. Y por el otro, de aquella singular condición, de que una vez hecho, el teatro desaparece ante nuestros ojos. Entonces el teatro se nos revela como un fantasma. Qué estigma tan paradójico que nos convierte en recreadores incesantes del síndrome de Penélope: hacemos y deshacemos nuestro tejido teatral con delirio, y estamos condenados a ser perpetuos enamorados, fervorosos invocadores del fantasma del teatro.


La incertidumbre, la agonía y la amenaza han sido compañeras inseparables de nuestro quehacer teatral.
Se nos olvida que cada vez que ensayamos y nos presentamos, pudiera ser la última, incluso, se nos olvida que la muerte física está incluida entre ese conjunto de amenazas cotidianas. Con la candidez de la infancia nos auto engañamos.


Hemos preferido el autoengaño. Siempre tememos a la idea de la muerte (aunque para algunos, sea el último recurso). En la desesperación de sabernos más expuestos a una muerte no deseada, hemos volcado nuestros anhelos de ser y hacer teatro en lo que parece ser la única alternativa: nos hemos convertido en creadores de audio visuales. (Performance, obras de teatro bien editadas, challenger, realitys, narraciones textuales, conversatorios y un largo etcétera). Hemos mutado en hacedores de videos, nos hemos mudado a las plataformas virtuales, para procurar restablecer la sensación de que nos comunicamos, de que nos encontramos con alguien. Algunos han tenido la habilidad de percibir algún dinero por estas acciones, otros, se conforman con recibir una cantidad de vistas y de “Me gusta”.

Con estas acciones virtuales, nos auto engañamos, tal vez por auto compasión. Olvidamos que no todos los teatreros tenemos internet ni aparatos electrónicos. Y más aún, olvidamos a una abrumadora mayoría de personas que ni antes, ni durante y probablemente tampoco después de la pandemia, tenga acceso a otras formas de encuentro que no sea el cara a cara. Y estos encuentros, también excluyen al teatro. Hay miles de personas en el mundo que nunca han tenido la oportunidad de la experiencia teatral. Esto desliza unas imprudentes preguntas: Cuando pase la pandemia (por que habrá de pasar como todas las pestes de todos los Camus), ¿para quién elegiremos hacer teatro? ¿Con qué fines? ¿Con qué medios?
Nos auto engañamos. Con urgencia intentamos revivir todas nuestras pretensiones, incluso el insistir en la terquedad de vivir dignamente de nuestro oficio. Cuando tal vez la única pretensión auténtica sea el placer que nos provoca el intento de hacer teatro.


Pero el teatro ha demostrado que no necesita de estos auto engaños: ha sobrevivido a guerras, a otras pandemias, a desastres de distintas magnitudes, incluso, ha sabido hacerse el dormido hasta encontrar una rendija por la cual escaparse de las adversidades y provocar la experiencia de ese encuentro que se sobrepone a la cotidianidad y que resulta gratificante a los sentidos, guiado en algunos casos por la verdad, por la belleza y en otros, por la desesperación de alguien a quien le urge hacer algo consigo, mismo por medio del teatro.


El teatro se alimenta de nuestros miedos a detenernos, de nuestro silencio, de nuestras pérdidas y acciones de luto. Se alimenta de nuestros desesperados intentos de aferrarnos a la vida y nuestro anhelo de darle un sentido. El teatro se alimenta de nosotros. Se alimenta de nuestra capacidad de reinventarnos, de nuestra capacidad de transformar el dolor en apuesta por la belleza, en atrevimiento por elegir el sueño de una vida más digna, para nosotros y para nuestros semejantes, llámese los espectadores. Aunque la agonía y la desesperación en nuestros países, sean compañeras inseparables de este viaje que llamamos vida, de este barco mágico que llamamos teatro. Tal vez esa sea una lección que saque para mí de todo esto: El teatro en tiempos de pandemia, me ha lanzado contra mis miedos, me ha dejado sin otra alternativa que abrazarlos y me promete no olvidarlos.

8.6.2020
 

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